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América Latina y los Estados Unidos: Una agenda a la deriva

October 21, 2008
Nuestra selección para “Articulo de Defensa del mes” va para:
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América Latina y los Estados Unidos: Una agenda a la deriva

Augusto Varas

Investigador Asociado, FRIDE

El resultado de las próximas elecciones presidenciales en los Estados Unidos tendrá importantes efectos internos como a nivel internacional dependiendo de quién sea el nuevo huésped de la Casa Blanca. Esta situación fue vívidamente expresada en el último editorial del año por The New York Times cuando, mirando al futuro, comentaba los grandes errores y falencias de la administración Bush: “Solo podemos esperar que ahora, a diferencia de 2004, los votantes estadounidenses tengan la sabiduría de entregarle los enormes poderes de la presidencia a alguien que tenga la integridad, principios y decencia de usarlos honorablemente. Solo entonces, cuando nos miremos nuevamente al espejo como nación, podremos ver, ahora si, la imagen de los Estados Unidos de América” (The New York Times, Editorial “Looking at America”, December 31, 2007).

Una crítica política más específica se encuentra entre quienes analizan las relaciones que histórica, e inevitablemente por su proximidad geográfica, han mantenido y seguirán estableciendo los EE.UU. y América Latina. En la actualidad, a pesar de la creciente importancia económica de sus vínculos, estas relaciones son percibidas en ambas partes como débiles, inestables y hostiles. Desde el ángulo estadounidense, analistas independientes e incluso ex funcionarios de la administración Bush han caracterizado estas políticas hemisféricas como insensibles, indiferentes, ineficientes, arrogantes, descomprometidas, derivativas y residuales. Una ex Secretaria de Estado ha llegado incluso a sugerir una “no política”, el nombramiento de un enviado especial a América Latina capaz de entender la región y asegurar los intereses de EE.UU. en ella.

Los principales candidatos presidenciales, si bien no le han dado mucho espacio al tema, han descrito las actuales políticas de esta administración hacia América Latina como desconsideradas e  indiferentes (Un análisis de estas posibles políticas en: Michael Shifter, “Se va Bush, ¿qué viene?”, Inter American Dialogue, February 22, 2008. También ver:Latin America and the U.S. Presidential Campaign: Nikolas Kosloff on John McCain.). No obstante, cuando se trata de especifi car sus propias orientaciones hacia la región, ambos candidatos demócratas no han mostrado mayor sintonía con las preocupaciones de los latinoamericanos y se muestran reticentes a los tratados de libre comercio como forma de proteger a la base electoral compuesta por trabajadores blancos (Robert Matthews, “USA 20089: the Democrats, free trade and Latin America”, FRIDE Comment, April 2008). En el caso de McCain, solo se puede discernir continuismo con las políticas de la administración Bush en la región, enfatizando el libre comercio en el hemisferio y su voluntad de ayudar fuerzas internas que derroten el castrismo en Cuba y el chavismo en Venezuela, el que es defi nido como foco de inestabilidad que alcanzaría a la región andina en su conjunto (http://www.johnmccain.com/Search/?keyword=latin ). En la medida que cada una de los electorados estaduales y los grupos de interés transversales jugarán un importante papel en la próxima elección, las posturas de los diferentes candidatos están fuertemente constreñidas por las estrategias que buscan estos votos. Tal es el caso de la política hacia Cuba la que es rehén del exilio cubano en Florida, estado que fue clave en los resultados fi nales de la anterior elección presidencial.

Desde la perspectiva estadounidense, esta determinación local de la política exterior por la amplia gama de los intereses a representar sería lo que explica la falta de consenso bipartidista sobre el cual apoyarse y la débil base electoral para una política hemisférica. A esto habría que agregar la histórica baja prioridad de la región en la agenda de Washington, más centrada en otras regiones del mundo y en temas globales, como actualmente lo hace en el Medio Oriente y la guerra contra el terrorismo.

A pesar de lo anterior, es posible percibir que algunos cambios en los titulares de las posiciones gubernamentales con competencia a la región sí tienen importancia. Así, desde 2005, con el nuevo secretario asistente para asuntos hemisféricos en el Departamento de Estado, se han podido observar ciertas correcciones políticas: se inició un nuevo diálogo con Brasil, firmándose un acuerdo de investigación y desarrollo de mercado a nivel global en materia de bio-combustibles; se ha percibido una actitud más sobria frente a los exabruptos del presidente Chávez contra el presidente Bush; se ha firmado un tratado de libre comercio con Perú y desplegado una iniciativa política de importancia (aunque estéril dada la crítica situación de derechos humanos en este país) para avanzar en el TLC con Colombia; y se ha tratado de recomponer las relaciones con Argentina después del fi asco de Mar del Plata donde en su discurso inaugural Kirchner atacó la política hemisférica estadounidense y el presidente Chávez encabezó una marcha en contra de Bush. Con todo, estos  cambios no son suficientes como para configurar un nuevo y constructivo ambiente hemisférico capaz de enfrentar la compleja agenda que de hecho se impone a las partes.

La llegada de una nueva administración en 2009 podría implicar nuevos y más profundos cambios en la política hemisférica de los EE.UU. La Quinta Cumbre de las América a desarrollarse en Trinidad y Tobago ese mismo año, será una buena oportunidad para probar cuanto de continuidad o cambio existirá en la Casa Blanca para enfrentar los importantes desafíos hemisféricos ya reseñados en cumbres anteriores, tales como la democratización; el proteccionismo, los subsidios agrícolas y los límites impuestos por la reglas de origen en la industria de la confección; el calentamiento global y el control climático; la migración; el narcotráfico; y la  pobreza. Los países latinoamericanos estarán expectantes observando si se formularán e implementarán nuevas y más constructivas políticas hemisféricas desde los EE.UU. No obstante, existen opiniones escépticas al respecto: “es poco realista esperar un cambio dramático en la política de Washington hacia la región…los recursos limitados y los constreñimientos políticos hacen irreal esperar esquemas grandiosos y nuevas y costosas iniciativas. Pero, a pesar de quien gane, la buena noticia es que una administración impopular habrá pasado e incluso modestos cambios de enfoque podrían aumentar sustancialmente la cooperación entre Estados Unidos y

América Latina (nuestro énfasis). Más significativo que cualquier política específica, Estados Unidos tiene la posibilidad de demostrar que entiende las transformaciones en el hemisferio y que es capaz de responder constructivamente a ellas sin caer en el abuso o la indiferencia” (Shifter, Op.Cit.).

La pregunta que se presenta, entonces, es si la próxima administración -cualquiera que esta sea- podrá reconocer la herencia de los errores de sus antecesores y evitará repetir los simplistas eslogan que no han servido de mucho para implementar una agenda realista en el hemisferio.

Considerando las omisiones de los candidatos demócratas y las continuidades del republicano, para que este nuevo entendimiento de las realidades latinoamericanas sea observable será necesario que se introduzcan importantes cambios al interior de la formulación de política estadounidense para así lograr alcanzar un nuevo y constructivo nivel en las relaciones hemisféricas.

Los cambios que estimamos necesarios para que en los EE.UU. se pueda dar origen a una política hemisférica realista y efectiva los situamos en tres áreas clave: la superación de arcaicas nociones y conceptos con los que EE.UU. se aproxima a un crecientemente dinámico continente y el reemplazo de su ideologizado diagnóstico de las situaciones regionales; el encuentro de respuestas a la agenda hemisférica más allá de las políticas unilaterales con la concurrencia de las partes involucradas; y una nueva visión de la seguridad hemisférica.

Elecciones y mercado libre no son suficientes

Un reciente informe de la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental, del Departamento de Estado, resume sus principales logros en la región durante 2007, indicando que ese año “fue de involucramiento positivo y comprehensivo en el hemisferio occidental. Nuestro involucramiento se construyó sobre los cuatro pilares de la política de los EE.UU.: consolidar la democracia, promover prosperidad, invertir en las personas y proteger las seguridad del estado democrático”(2007: Historic Commitment, Positive Engagement, The U.S. Department of State Bureau of Western Hemisphere Aff airs. http://www.state.gov/documents/organization/99475.pdf).

Sin embargo, producto de la ausencia de nuevos conceptos con los cuales analizar y programar acciones en la región, las medidas implementadas en torno a estos pilares muestran escasos logros.

Las orientaciones de política estadounidenses hacia Latinoamérica han enfatizado permanentemente la democracia y los mercados libres como las principales dimensiones que aseguran los intereses de EE.UU. en la región y la estabilidad de cada una de estas naciones. Sin embargo, la democracia ha sido toscamente identificada con la ocurrencia de elecciones, más o menos libres, sin considerar la calidad y estabilidad de las instituciones democráticas sobre las cuales descansan los procesos electorales. Solo en el último tiempo se han incorporado algunos elementos referidos al desarrollo institucional y la participación ciudadana, identificando estándares de evaluación (benchmarks) pero no integrando adecuadamente los principales elementos del desarrollo democrático regional.

Lo mismo es cierto en relación al desarrollo y los mercados libres. La permanente insistencia en una liberalización y apertura comercial total como la receta adecuada para el desarrollo no reconoce el hecho que aun cuando estas políticas se han introducido en forma más o menos radical en casi todos los países de la región, “en desarrollo económico, reducción de la pobreza, distribución del ingreso y condiciones sociales los resultados [de estas políticas] han sido desalentadores”(Nancy Birdsall and Augusto de la Torre: Washington Contentious. Economic Policies for Social Equity in Latin America. Carnegie Endowment for International Peace and Inter-American Dialogue, 2001).

Igualmente, respecto del subestimado papel del Estado en el desarrollo nacional, se debe reconocer su rol clave en la implementación de políticas que alivien la pobreza y reduzcan la desigualdad ya que “la pobreza es una función legítima y responsabilidad del Estado y no simplemente un resultado esperado de las fuerzas del mercado” (Cynthia J. Arnson “Poverty fueling shift to the Left in Latin America”, Wednesday, The Ripon Forum, Volume 41, No. 2, April/May 2007).

A pesar de estas evidentes realidades la postura de la administración Bush ha reiterado sus críticas e intentos de aislamiento de los nuevos gobiernos de izquierda elegidos en la región, especialmente aquellos que están introduciendo reformas más radicales como los de Venezuela, Bolivia y Ecuador. Desaprobar políticas inspiradas en otros conceptos económicos, políticos y sociales, como en Argentina, tampoco contribuye a fortalecer la cooperación regional.

La estabilidad en un medio ambiente más complejo y heterogéneo pasa por reconocer esta diversidad y trabajar una agenda compartida en un medio institucional multilateral que la exprese efectivamente. En materia de integración hemisférica ésta no se logrará plenamente sin la reincorporación de Cuba al sistema interamericano y, como derivación necesaria, sin el fi n del bloqueo estadounidense (Incluso Brent Scowcroft, United States National Security Advisor bajo los presidentes Gerald Ford y George H. W. Bush ha afi rmado: “US-Cuba Embargo Makes No Sense”. http://www.thewashingtonnote.com/archives/2008/05/brent_scowcroft_1/).

Tal como lo reconoce la Independent Task Force del Council on Foreign Relations, “por más de 150 años la doctrina Monroe Doctrine proporcionó los principios guía de la política de los EE.UU. hacia América Latina, asegurando la primacía de los EE.UU. en los asuntos internacionales de la región. En las últimas dos décadas, estos principios han quedado crecientemente obsoletos.

El marco básico de referencia de la política de Washington, sin embargo, no ha cambiado suficientemente como para reflejar esta nueva realidad” (“[C]ontinuing to build U.S. policy on these pillars alone refl ects a mistaken sense of what U.S. policy can realistically achieve and a failure to recognize where Washington can meaningfully bolster Latin Americans’ eff orts to improve their own quality of life, providing a new foundation for U.S.-Latin America relations in the process. Achieving U.S. objectives and protecting U.S. interests in the western  hemisphere requires an unsentimental and reality-based assessment of the complex and dynamic changes under way in Latin America and in U.S.-Latin America relations—and of the ways in which the  United States can infl uence those changes for the better.” De acuerdo al Task Force, existirían “four emerging and urgent priorities that should provide the basis of U.S. policy toward Latin America: 1) poverty and inequality; 2) citizen security; 3) migration; and 4) energy security and integration.” Council  on Foreign Relations, “U.S.-Latin America Relations: A New Direction for a New Reality.” Report of an Independent Task Force, 2008).

En consecuencia, una nueva política hemisférica debería formularse sobre la base de nociones que den cuenta de una realidad latinoamericana mucho más compleja y diversa que no se deja aprehender con rudimentarios y añejos marcos conceptuales, incorporando como válidas las mejores prácticas regionales e internacionales que se han visto como exitosas para superar las barreras al desarrollo equitativo (Un diagnóstico y agenda propuesta en estas materias en: Washington Offi ce on Latin America, Forjando Nuevos Lazos. Un Nuevo Planteamiento para la Política Estadounidense hacia América Latina. Washington D.C., septiembre de 2007).

Alianzas para la implementación de políticas

A diferencia de los años ochenta la década de los noventa y los comienzos de la actual han sido un período de excepcional crecimiento para las economías latinoamericanas. A pesar de la crisis de 2001 la región ha progresado a tasas sostenidas. En los últimos cuatro años Latinoamérica creció a un 4,3% promedio y, solamente en 2006, 15 millones de personas salieron de la pobreza, con diversas gradaciones por país. Este crecimiento ha sido posible gracias al aumento de los precios de sus commodities los que han tenido precios nunca vistos, las políticas de estabilización macro económicas introducidas y, para algunos países más pobres, el sostenido aumento de las remesas desde el exterior.

Todos estos logros han sido posibles sin ayuda alguna o apoyo especial de los EE.UU., el que no ha sido capaz de implementar programas económicos colectivos atractivos para la región. La integración económica hemisférica, que ha sido sostenida guía de acción estadounidense en el hemisferio desde los años ochenta en adelante, ha pasado por diversas formulaciones siendo las más exitosas las bilaterales gracias a la firma del NAFTA y los TLCs individuales con cada país del hemisferio. Por el contario, el Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA) –la iniciativa colectiva aprobada en la Cumbre de las Américas por los 34 jefes de estado y gobierno de la región en diciembre de 1994 en Miami- fue sepultada en noviembre de 2005 en la Cuarta Cumbre de las Américas en Mar del Plata sin lograr consenso ni logro significativo alguno (Argentina la vetó y Brasil apoyó a su vecino. Este último ha preferido resolver las disputas comerciales al interior de las rondas internacionales como fue Doha. A pesar del acuerdo de intentar armonizar las posiciones contrarias después de la cumbre de Mar del Plata, estas reuniones hasta ahora no se han llevado a cabo).Esta situación puede ser explicada por la auto-limitación de sus decisores de políticas en el uso de instrumentos disponibles pero ideológicamente rechazados.

Una importante auto-limitación que explica los fracasos anteriores ha sido la reiterada tendencia a usar los mecanismos multilaterales como desnudo instrumento en benefi cio de sus políticas individuales sin comprometer conductas cooperativas. Cuando tal postura no es funcional a sus intereses los EE.UU. actúan fuera de las instituciones multilaterales y se marginan de cualquier tratado o acuerdo internacional que límite su plena libertad de acción internacional. Como espejismo multilateral de suplantación se ha tratado de imponer una seudo diplomacia colectiva, sin marco institucional, a través de reuniones hemisféricas ad hoc de ministros y funcionarios de alto nivel. Sin embargo, esta política ha terminado limitándose en la práctica a un bilateralismo simple, el que se ha terminado imponiendo frente a los debilitados mecanismos multilaterales (Esta tendencia incluso ha alcanzado a importantes referentes intelectuales del mundo liberal estadounidense. Cfr. Albert Fishlow, “U.S. Policy toward the Hemisphere: New Ideas for a New Administration”, Center for Hemispheric Policy, University of Miami, February 28, 2008).

Esta adicción unilateralista –dramáticamente observada en Irak- no considera la larga tradición multilateralista de la región la que, si bien no ha logrado grandes éxitos, persiste en este compromiso central para contrapesar en algo el asimétrico diálogo con los EE.UU. en condiciones que las objetivas y acuciantes realidades migratorias, comerciales, sociales y políticas exigen respuestas conjuntas. Esta demanda es aún más obvia en asuntos referidos a la seguridad hemisférica como veremos más adelante.

Este unilateralismo es más ineficiente aún para lograr configurar una política hemisférica toda vez que en la actualidad la región exhibe un mosaico mucho más rico de relaciones internacionales, los que incluyen vínculos políticos, económicos y militares con contrapartes tan diversas como la Unión Europea, la OTAN, Japón, Rusia, China e Irán, quienes alternativamente proveen inversiones, mercados, finanzas, energía, armamento, telecomunicaciones y tecnología, entre otros rubros. Estas nuevas realidades limitan la capacidad de influencia de los EE.UU. en la postura internacional de sus contrapartes latinoamericanas (Una apreciación de esta diversificación en: Robert Matthews, Op.Cit.).

Los pobres resultados de las políticas estadounidenses en la región contrastan con las iniciativas que han comenzado a desarrollar países como Venezuela o Brasil. Identificando los principales problemas regionales y las limitaciones históricas de las instituciones hemisféricas, Venezuela, apoyada por los altos precios del petróleo, ha formulado nuevos proyectos sin la presencia de los EE.UU. Iniciativas, muchas de las cuales son retóricas, etéreas y de difícil implementación tales como la Alternativa Bolivariana para América Latina y el Caribe (ALBA) como respuesta al ALCA; el Tratado Comercial de los Pueblos (TCP) integrando a Venezuela, Cuba, Nicaragua y Bolivia en vez de los TLCs con EE.UU.; la creación del Banco del Sur después de fuertes críticas al Banco InterAmericano de Desarrollo. y la salida del Fondo Monetario Internacional (FMI) después de haber pagado todas sus deudas con cinco años de anticipación ; la propuesta del Ejército del ALBA como nuevo acuerdo de seguridad regional; la ampliación de una diplomacia de los pueblos a través del Movimiento Bolivariano con ecos en algunas izquierdas y movimientos sociales en la región; la creación de Petrocaribe y Petrosur para enfrentar la crisis energética a través de créditos subsidiados por Caracas; y TeleSUR pensado como mecanismo regional de integración cultural.

En el caso de Brasil, sin la incendiaria retórica venezolana, su gobierno ha creado nuevas realidades regionales incorporando socios a su proyecto de la Unión de Naciones del Sur (UNASUR) el que coexiste sin problemas con su proyección extra continental en alianza con India y África del Sur (IBSA). De la misma forma, producto de la violación de territorio ecuatoriano por fuerzas armadas colombianas, ha propuesto un Consejo de Seguridad Sudamericano el que se ha recientemente aprobado con la exclusión de Colombia (Sobre el tema Brasil, ver: Augusto Varas, “Brasil en Sudamérica: De la indiferencia a la hegemonía”, FRIDE, Comentario, mayo de 2008. http://www.fride.org/publicacion/415/brasil-en-sudamerica-de-la-indiferencia-a-la-hegemonia).Por su parte, últimamente durante su visita a México, el Presidente Correa de Ecuador ha propuesto la creación de una Organización de Estado Latinoamericanos entrando a jugar así en el mercado de las propuestas regionales.

Todas estas iniciativas muestran el limitado rol de los EE.UU. en el hemisferio y la existencia de voluntades regionales de establecer instituciones sin su presencia. Sin embargo, desde Washington se reiteran las tradicionales orientaciones típicamente unilateralistas descartando las posturas latinoamericanas y dejando la urgente agenda hemisférica sin respuestas eficientes.

Destacando este problema, importantes think tanks en Washington han insistido que la primera tarea de una nueva administración en los EE.UU. será demostrar respeto por las normas e instituciones internacionales (Peter Hakim, Latin America: The Next U.S. President’s Agenda. Inter-American Dialogue, January 1, 2008), lo que en América Latina debería expresarse en un fortalecimiento de los mecanismos de consulta y de las organizaciones multilaterales, como la Organización de Estados Americanos (OEA), recientemente bajo crítica por parte de la prensa (Marcela Sanchez, “Insulza’s Divided Attention”, The Washington Post, Friday, December 14, 2007) y la administración Bush.

Privilegiar la diplomacia por sobre la intervención directa y el desarrollo de una genuina concepción de alianzas, en vez del acendrado unilateralismo, podrían permitir trabajar en torno a una agenda pragmática común en un hemisferio cada vez más ideológicamente plural y políticamente diversificado (Otras cambios de política en: Washington Offi ce on Latin America (WOLA), Forging New Ties. A Fresh Approach to U.S. Policy in Latin America. September 2007. http://www.wola.org/media/Forging%20New%20Ties-FINAL.pdf).

Nuevas visiones de la seguridad hemisférica

Los problemas anteriormente mencionados se expresan a escala ampliada en el terreno de la seguridad regional.Importantes líderes militares han afirmado, refiriéndose a la situación internacional general, que “ninguna nación estado será capaz de enfrentar la suma de los actuales riesgos y peligros por su propia cuenta” (General (ret.) Dr. Klaus Naumann, KBE Former Chief of the Defence Staff Germany; Former Chairman Military Committee NATO; General (ret.) John Shalikashvili, Former Chairman of the Joint  Chiefs of Staff of the United States of America, Former NATO Supreme Allied Commander in Europe;  Field Marshal The Lord Inge, KG, GCB, PC Former Chief of the Defence Staff United Kingdom; Admiral (ret.) Jacques Lanxade Former Chief of the Defence Staff FranceFormer Ambassador; General (ret.)  Henk van den Breemen, Former Chief of the Defence Staff the Netherlands: Towards a Grand Strategy for an Uncertain World. Renewing Transatlantic Partnership. Noaber Foundation, 2007). Igualmente, en el plano hemisférico se ha insistido que “los enfoques integrados en un mundo de redes colaborativas entre estados soberanos –o seguridad colectiva- es aún el único sistema que tiene sentido” (Lee H. Hamilton, “Global Realities: American Power in an Uncertain World”, The C. Warren Goldring Annual Lecture On Canada-U.S. Relations, Design Exchange, Toronto, September 12, 2005). A pesar de ello, el Comando Sur de los EE.UU. (USSOUTHCOM) exhibe un enfoque altamente contradictorio en materia de seguridad hemisférica, abogando por una colaboración entre “socios” regionales pero, al mismo tiempo, identificando ideológica y unilateralmente los temas de seguridad cruciales desde una estrecha óptica exclusivamente estadounidense. Así, desde su perspectiva, las principales “amenazas a la seguridad hemisférica” son el “crimen organizado, las bandas criminales, el tráfico ilegal de drogas, como ejemplos principales”, reiterando que “el alarmante crecimiento de la actividad criminal en la región, las bandas y la violencia criminal son una prioridad de seguridad” (“Testimony of General James T. Hill, United States Army Commander, United States Southern Command, Before The House Armed Services Committee”, United States House of Representatives, March 24, 2004).

El Almirante Stavridis, actual jefe del USSOUTHCOM, es aún más claro al comentar la extensión de la guerra anti-terrorista en el hemisferio: “Yo caracterizaría nuestra región como una base altamente probable de futuras amenazas terroristas. Miembros, facilitadores y simpatizantes de las organizaciones islámicas terroristas están presente a través de toda la región” (“The Posture Statement of Admiral James G. Stavridis, United States Navy Commander, United States Southern Command, Before The 110th Congress, March 21-22, 2007). A partir de estas definiciones de amenazas estima que sería posible “lograr condiciones de seguridad necesarias para crear bases permanentes para la prosperidad y salud de las instituciones  democráticas en esta importante región. Esta es la garantía de un hemisferio libre de bandas criminales y drogas; libre del tráfico de personas, lavado de dinero y terrorismo; libre de regímenes represivos; es la seguridad para todos nosotros encontrando soluciones cooperativas a los demandantes desafíos de seguridad.” Agregando que “además de apoyar a Colombia, el contener la extensión de la activad de las FARC en países vecinos es también parte de nuestro foco. Igualmente, Cuba y cualquier repercusión potencial que pueda tener el fi n del gobierno de Fidel Castro son otro conjunto de nuestras prioridades” (Ibid). Sin embargo, no se definen los mecanismos institucionales multilaterales ni las alianzas regionales con las cuales se podrían encontrar esas “soluciones cooperativas” en torno a temas tan álgidos y controvertidos en la región.

Junto con la debilidad intrínseca de estas unilaterales definiciones y la inútil implementación de sus políticas (Cfr. Below The Radar U.S. Military Programs With Latin America, 1997-2007. A Joint Publication from  The Center for International Policy, The Latin America Working Group Education Fund, and The Washington Offi ce on Latin America. March 2007), ellas tienen importantes efectos negativos en la región producto de las “securitización” del orden interno arrebatado a las instituciones civiles. Esta militarización de las relaciones hemisféricas se verá agravada por la nueva política llamada “Command Strategy 2016”. Esta “propone una solución radical al problema de coordinación inter-agencias en los EE.UU. dejando al USSOTHCOM como el actor central en el tratamiento de los temas hemisférico, transformándose de la organización militar tradicional que es…en un ‘Comando Interagencial de Seguridad Conjunto’ … involucrándose en temas que van desde el desarrollo económico de largo plazo hasta el comercio y la seguridad pública…coordinando todas la agencias estadounidenses relevantes, incluyendo las no militares que operan en la región … un modelo que otros comandos seguirían como parte del Plan de Comando Conjunto” (WOLA, Just the Facts Project, “Ready, Aim, Foreign Policy. How the Pentagon’s role in foreign policy is growing, and why Congress—and the American public—should be worried.” March 2008. http://justf.org/fi les/pubs/080306read.pdf . Sobre los antecedentes de esta operación, ver:  Dana Priest, “The Mission: Waging War and Keeping Peace with America’s Military”, New York, W.W. Norton, 2003).

Esta concentración y centralización de funciones de orden interno en las instituciones castrenses tiene como efecto la militarización de los temas civiles y, simultáneamente, la desprofesionalización de las fuerzas armadas ocupadas en cuestiones que no son de su competencia y para los cuales no tienen el entrenamiento ni los medios correspondientes. Aun cuando los temas migratorios, de droga y criminalidad son asuntos de importancia regional ellos deben ser enfrentados por instituciones civiles especializadas, particularmente las policías, las que requieren un fuerte apoyo y profesionalización previniendo su erosión por la competencia militar que invade sus espacios.

Estas definiciones ideológicas y unilaterales de los temas de seguridad regional no permiten enfrentar los reales temas que exigen respuestas inmediatas para prevenir inestabilidades en el campo estratégico regional. Nos referimos a la necesidad de tratar regional y multilateralmente la crisis interna colombiana y su extensión por sobre las fronteras vecinales, tal como se vio recientemente en el conflicto colombo-ecuatoriano; el fracaso de la política estadounidense de erradicación de la droga; los crecientes niveles de compra de armamento en la región; el tráfico de armas pequeñas y la falta de control de estos flujos desde los EE.UU.; la reforma policial; así como los nuevos desarrollos nucleares y su uso militar.

Todos estos temas propiamente de seguridad interestatal y regional necesitan de una aproximación hemisférica multilateral y cooperativa. Para ser enfrentados con éxito requerirán de la próxima administración estadounidense la incorporación de nuevos conceptos y políticas, así como de un claro fortalecimiento de las instituciones existentes aptas para la colaboración multilateral. De no ocurrir lo anterior la agenda hemisférica seguirá a la deriva.

Los comentarios de FRIDE ofrecen un análisis breve y conciso de cuestiones internacionales de actualidad en los ámbitos de la democracia, paz y seguridad, derechos humanos, y acción humanitaria y desarrollo.

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